
Esta información generada a partir de una ruptura de la cotidianidad debería hacer meditar a la sociedad en general, a sus agentes educativos, a los poderes políticos y a los medios de comunicación, sobre su significación e interpretación más allá de los titulares y de las medidas superfluas que no logran ahondar suficientemente en el fondo de la cuestión, ya que posiblemente estos sucesos sean síntomas de un problema más profundo, señales de alarma que debidamente analizadas puedan ayudar a encauzar las carencias que el sistema está proyectando sobre el entramado educativo, y muy especialmente sobre el alumnado. Estos incidentes transmiten una llamada de auxilio, muestran un aislamiento patente y describen una terrible confusión ante la incesante cantidad de estímulos y la aplastante sobreinformación a la que se ven imbuidos por la imparable dinámica de la sociedad del llamado primer mundo. Pero sobre todo, dan muestra de una soledad sobrecogedora.
En este punto, la urgencia de someter a nuestra democracia a un ejercicio didáctico de autoanálisis se convierte en una tarea inaplazable, y la decisión de autoexplorarse para entonar el mea culpa se instituye como un deber moral obligatorio. Pero arrastrados por la lógica del neoliberalismo, aturdidos por la aceleración constante a la que nos somete el ritmo de vida actual, concentrados en los diferentes roles de productor-consumidor-receptor y deslumbrados por una sociedad de la información que nos gotea con incesantes y pasivos estímulos que difuminan la promesa de una futura sociedad del conocimiento, quizá no tengamos el tiempo ni la actitud que requiere semejante ensayo de reposo y reflexión. ¿Pudiera ser que el sistema educativo, dirigido por el poder político, también se haya dejado embaucar por este vertiginoso compás que le ha conducido a formar productores, consumidores y receptores de conocimientos prácticos y precisos, olvidando quizá aspectos fundamentales como la educación para la igualdad, la convivencia, la libertad, la ciudadanía y la felicidad? ¿Es posible que no se haya enseñado a los alumnos y alumnas a saber aprender, desenvolverse por sí mismos o ser independientes y críticos para poder desentrañar el cúmulo de información y pseudinformación al que se ven expuestos? ¿O tal vez, además, los medios de comunicación y los padres en el mismo grado parecen haber reservado la absoluta potestad de esa enorme responsabilidad únicamente a los profesores y directores de los respectivos centros docentes?
Parece pues necesaria una reformulación del difícil papel actual de la escuela y de los educadores; una relectura correlativa del carácter fundamental de los medios de comunicación en la difusión de los esfuerzos que se van realizando en esta dirección desde la comunidad educativa; la incorporación para los medios de una nueva mirada, un compromiso, referente a su carácter formador y socializador de primera instancia; y la adopción por parte del estamento político de una actitud firme aunque flexible ante las demandas del sector, y alejada de intereses partidistas o motivaciones económicas. Todo ello, esgrimido con la distancia que requiere, desde una calma ya lejana, y no obviando un aspecto fundamental y tantas veces olvidado, como es el de dirigir la educación hacia la formación de ciudadanos y ciudadanas libres y, sobre todo, felices.
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