
Los rumores de transmisión oral han acompañado nuestra vida diaria desde hace siglos y por ello las personas nos hemos acostumbrado a verlos nacer, crecer y desvanecerse debido a su propia naturaleza inconsistente y efímera. Pero en los últimos tiempos viene produciéndose un fenómeno curioso entorno a este tipo de informaciones: cada vez están adquiriendo mayor notoriedad y presencia en nuestras casas y oficinas porque ahora se asoman a la realidad desde la ventana de un ordenador y no desde la boca de alguna vecina. Esta diferencia no debe despreciarse ya que supone que el bulo o rumor adquiera una nueva apariencia al nacer en el medio escrito. El tradicional cotilleo puede no sentirse cómodo en su nueva casa ya que necesita un período de adaptación, y nosotros, los usuarios de ese gran laberinto que es Internet, también podemos sentirnos descolocados ante este giro.
Este cambio aparentemente inofensivo supone que el rumor, materia prima de la información, pase a ser compartido por muchos, mientras que el trabajo de contrastar y verificar siguen siendo tarea de unos pocos: los periodistas. Para los no profesionales la respuesta inmediata ante un mensaje nuevo y sorprendente es el reenvío. El reenvío se ha convertido en una práctica frecuente, casi enloquecida, que hace saturar nuestras cuentas de correo a base de historias tan variadas como absurdas y carentes de credibilidad. Hemos aprendido a convivir con rumores sobre niños enfermos, virus peligrosos y gatos encerrados en botellas de cristal, sin olvidarnos de la serie completa que motivó el terrible ataque terrorista del 11 de septiembre.
Y es en este punto en el que las informaciones relevantes y definitivas se transmiten con ligereza por este medio cuando debe saltar la alarma porque los rumores desautorizan la comunicación hasta tal extremo que los usuarios no saben si creer o no buena parte de los mensajes. Esta pérdida progresiva de la veracidad de la información supone un riesgo evidente y entraña un gran desafío al que enfrentarse.
Abril 2004
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