Un cajón para compartir sueños, deseos, anhelos, historias...

y algún que otro secreto de esas noches en que la luna nos sonríe

Mostrando entradas con la etiqueta La cara oculta de la luna. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La cara oculta de la luna. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de mayo de 2008

Historia de vida: “El peor enemigo de la ceguera es la soledad”

"Si volviera a nacer volvería a ser enfermera", asegura Marita no sin cierta nostalgia desde la pequeña banqueta de madera en la que permaneció durante nuestro encuentro en su casa una fría tarde de sábado. De esta manera resume esta mujer luchadora, tenaz y vital, toda una vida dedicada con pasión a esta profesión, ya que desde los diecisiete años hasta los sesenta, se ha entregado en cuerpo y alma a curar a los demás. Pero las piruetas macabras del destino han cambiado las tornas y hace poco más de tres años fue ella la que se vio obligada a pedir ayuda cuando la angustia en que se sumía hizo que saltara la señal de alarma: "Fue cuando más hundida estaba cuando me decidí a llamar a la ONCE para que me orientaran". Una operación de cataratas la había sumido en la sombra de la ceguera, se encontraba sola y desamparada. Ahora trata de afrontar las circunstancias "como puedo y sé". Marita se vale de su fuerza, su inteligencia, el poder de los recuerdos, la magia de las canciones, y el consuelo de los sentimientos para construir su día a día, gracias a la colaboración de algunas personas que desde la ONCE o Cruz Roja le han tendido una mano, y al cariño de algunos -"pocos"- amigos. Al contrario que su vista ella es una mujer llena de luz que ama la música, la pintura y las piedras. Como reflejo de ello su casa dibuja un paisaje poético donde los payasos que ha pintado desde hace años conviven con los cuarzos, los vivos colores que adornan todos los rincones y el sonido del transistor que la acompaña desde el dormitorio. Durante mi visita Marita me regaló muchas cosas; unas gemas preciosas, el nombre de una flor de su bosque imaginario.. y sobre todo, su experiencia: "No sé para qué te servirá mi vida, yo te la doy como el que da los órganos para que los demás se beneficien". Y este es el resultado de las palabras que ella nos ha prestado:
"Mi vida no es interesante, es una vida corriente que ahora está muy limitada porque estoy dependiente de todos. Sin embargo, los sentimientos siguen, es lo más importante, pero no es suficiente. Necesito ver cuando llueve, necesito ver cuando amanece, necesito ver cuando las flores salen. Ya no tengo flores en mi terraza, ni nada. Pero, los sentimientos están ahí. Vivo de los sentimientos porque cuando uno está como estoy yo, el corazón está más tierno que nunca. Agradezco mucho todo lo que hacen por mí, porque tengo gente que me ayuda. No mucha, porque cuando ocurre una situación como esta la gente desaparece, y los que tienes incondicionales también tienen problemas y tampoco se pueden dar tanto. Tengo el corazón más tierno que nunca, y agradezco mucho todo.
Necesito ver el rojo del amanecer que canta Luz Casal. El último color que veía era el azul. Los sillones de la ONCE están tapizados de azul. Ocurrió hace ya tres años cuando me sometí a una operación de cataratas, y me hicieron un empastre. Estuve menos de un mes que si que veía y estaba muy contenta. Pero había un reloj en la habitación del hospital y me di cuenta de que el cuadrante inferior derecho no lo veía. Y se lo dije al médico pero no me hizo caso. Después noté que esto me ocurría con otras cosas, pero tampoco me hicieron caso. Y luego, se acabó en menos de un mes desde la intervención del primer ojo. Aún así luego me operé el segundo. Fue una pérdida progresiva de visión rapidísima. En el ambulatorio me dijeron que me darían unas gotas para dilatar la pupila, pero que no había nada que hacer. Les contesté que entonces ya no volvía y así fue mi despedida. Fui al monitor del ordenador de ventanilla y les dije que borraran la fecha de la cita siguiente. No he tenido suerte con los médicos, no he tenido suerte yo..
Necesito muchas cosas... Entre otras, el cariño, la amistad. Y pasa que cambia la situación de uno mismo, molestan los ruidos y molestan las personas, que ves que cumplen pero no les sale del corazón, eso molesta bastante. Pero claro, hay que aguantar, hay que disimular... ¿tú crees que se puede disimular?
Mi vida sigue de una manera rutinaria. Voy a la ONCE, hago actividades allí. Me lleva un taxista que me espera en la puerta del ascensor aquí en casa y después me lleva hasta el mostrador de la ONCE. Los viernes voy alternando tapiz, por las tardes, y cestería, por las mañanas. Los martes voy al psicólogo y a braille. Estuve haciendo grabado y estampación. Todo esto entretiene, claro. Y allí la gente es amable y cordial. Está muy bien lo de la ONCE, es una manera de estar un poco protegido. Además de todo eso, ahora la Cruz Roja también tiene voluntarios. Viene un voluntario que me acompaña los sábados por la mañana para andar un poco, porque es que si no... Él me va avisando de todo porque el pavimento está fatal, y de momento todo va fenomenal, aunque hoy por ejemplo he tropezado y he perdido el equilibrio.
Y esta es mi vida tonta. Tengo una vida tonta. Lo único que tengo son los impulsos, porque el espíritu de lucha que tenía ya no lo tengo. Voy cambiando. Hay que conformarse, pero no es fácil. Y al mismo tiempo no se me va el espíritu infantil que tengo; ¿Será que no estaré acabada de hacer? Fíjate si estoy tontita que a toda la gente de la ONCE que he ido conociendo les he ido poniendo el nombre de una flor o de un árbol. Tuve una temporada al principio que me entretenía así. Con la imaginación he hecho un bosque muy bonito. Te voy a decir algunos árboles de los que tengo allí: tengo un almendro, que es el que más quiero; también hay un olivo; un peral; un roble. Tengo muchos. También hay un eucalipto, y hay flores... Hay un bambú, y una jacaranda. Hay muchas cosas allí metidas, en mi bosque imaginario. Pero aún tenía yo más ilusión. Ahora tengo menos. Y tengo baches, claro; hay días que estoy más hundida, aunque no del todo. Esto no quiero que quede triste, pero muy alegre no puedo estar.
Me gustan las canciones. Las canciones de lucha: Serrat, Víctor Manuel, Silvio Rodríguez, Miguel Ríos... La verdad es que sólo nos quedan las canciones, ¿sabes?, porque mira que está todo mal. Pero ya no puedo luchar. Estoy en otro mundo, aunque dicen que es el mismo mundo, porque en este mundo cabemos todos: los ciegos, los cojos, los deportistas. Todos. Esa es la verdad, y yo lo sé, y me lo creo... pero, cambia la situación.
Me acuerdo mucho de la gente, de las personas a las que he querido. La memoria no la tengo mal- ¡Menos mal!, ¡Qué no se me vaya la memoria!- Además tengo una necesidad de recordar, y quiero saber la raíz de las palabras.. ¿Cómo se llama eso? ¿Episte..? Ahora, hay una cosa clara: Los sentimientos no se acaban con la ceguera. Aunque el peor enemigo de la ceguera es la soledad, esa es la verdad. Pero es mi destino. ¿Cómo paso yo el tiempo?. Hago punto, unas cosas me salen mejor que otras... También pinté, en las clases de grabado. Pintaba cajas con los dedos, y algunas eran muy bonitas. Parece mentira pero hago cosas aquí, y pienso mucho. Rezo todos los días porque uno se agarra a un clavo ardiendo. Pero no me creo nada porque si lo piensas hay muchas contradicciones, aunque no hay que pensarlo. Tengo una lista a la que aclamo todos lo días: San Pedro de Padua, San José, el Jesús de Medinaceli, el Cristo de los Milagros. Y a mi madre, a ella también le rezo. Porque rezar es gratis y no tiene contraindicación. Lo que más me interesan son las personas. También me gustan las piedras de cuarzo, y las de río. ¡Qué raro es esto! Me gusta todo, siempre me ha gustado todo. Se ve que he sido vital, pero ahora no estoy igual. También me gustan, pero... Y una cosa muy importante: Necesito hablar, necesito hablar...".
DESTACADO: "Con la imaginación he hecho un bosque muy bonito. Allí tengo un almendro, un olivo, un peral, un roble. También hay un eucalipto, y hay flores... Hay muchas cosas allí metidas, en mi bosque imaginario."

Nunca mais

Quizá después de tantos años de opacidad informativa en los medios públicos, el uso de la libertad de expresión por gran parte de actores, actrices, directores y personas de la cultura, haya resultado una osadía. El Gobierno se ha acostumbrado hasta tal punto a utilizar la televisión pública como instrumento propio que todavía no acaban de creérselo.
Pero fueron ellos mismos quienes prometieron transparencia y son ellos mismos quienes hacen llamar a su televisión "La televisión de todos". Y qué durante dos horas realmente fuera de todos les hiere, les molesta y les pone nerviosos. Y digo de todos porque "el brazo armado de la oposición" se valió de palabras que, por mucho que les duela, representan la opinión de casi el 90% de la población.
Hablaron de las cosas que preocupan a la sociedad española y de aquellas otras que tan correctamente se nos ocultan. Quizá por eso se les ha tachado de traidores, desleales y oportunistas; pero la oportunidad se la ha brindado la guerra y la tragedia económica y medioambiental que está viviendo Galicia. Traidores por no ocultar su compromiso con la realidad, desleales por ser fieles a la libertad de expresión, y oportunistas por aprovechar la ventana televisiva para denuncia a título personal aquello que consideran injusto.
Por lo visto, señora ministra, la guerra no sólo amenaza a Irak y el chapapote ha manchado algo más que las costas gallegas. Probablemente ahora sean ustedes los que griten "nunca mais".
Febrero 2003

Insomnio


Un estudio apagado, casi sin luz. El ordenador está encendido aún y alguien teclea despacio contemplando un atardecer desde la ventana. Desde allí pueden verse los jardines de los chalets contiguos. La luz tímida de las farolas comienza a iluminar los verdes que dibujan la escena y tiritan en el cielo las primeras estrellas.
Esa persona mira la pantalla del monitor ensimismada, como buscando allí algo que no encuentra dentro de sí misma, como si quisiese rescatar de allí las palabras que adecuasen a un código comprensible la estupidez inexplicable que la retiene frente a esa pantalla sin vida. Pero no encuentra de ese modo la respuesta al automatismo sonámbulo que la mantiene atada al respaldo de la silla. La velocidad de sus pensamientos desordenados no es en absoluto comparable al ritmo en que una sucesión de torpes letras colorea poco a poco la página en blanco de su ordenador. Pero de pronto, casi al mismo tiempo que el manto frío de la noche ha deslucido los verdes del exterior, se levanta de allí y deja en suspenso el fragmentado discurso.

Al día siguiente algo la movió hasta el mismo estudio para contemplar la misma ventana, pero esta vez la noche ya había caído completamente e impedía con naturalidad la vista de los árboles que enfrentaban con la casa. Hacía tiempo que todas las noches se dirigía hasta el ordenador movida por un aburrimiento que comenzaba a parecerle algo insoportable, aunque sospechaba que se trataba de algo más habitual de lo que siempre había supuesto. Entonces, se sentaba frente al ordenador y se conectaba un rato a Internet, aunque casi nunca sabía exactamente qué buscaba o sobre quién esperaba noticias cuando consultaba ansiosa su cuenta de correo electrónico. A veces, si no se le presentaba nada interesante empezaba a escribir cosas que casi siempre dejaba a medias. Esa era una de estas noches, y este podría ser uno de esos textos.

Mientras escribía unas líneas a las que entonces aún no había otorgado sentido alguno....

La tieta

Hay…Carmela! ¡Qué problema tengo! Es decir… tenemos. ¡Todos tenemos un problema!
¡Un gran problema, por cierto!
Pero…
Bendito problema. Quisiéramos cien, mil como ese. Todos los días, todas las horas.
Si fuera un poeta sería fácil glosar sobre la primavera, el mar o la dulzura del amor…
Pintaría, o mancharía, - según – el lienzo de la conciencia con intensos golpes de color para transmitir sentimientos, vivencias….
Pero no lo soy. Y no sé… no sabemos como expresarlo.
Por eso tengo – tenemos – un problema.
¿Cómo decirte que te queremos sin resultar cursis o, mucho peor, tontos?
¿Cómo expresar el cariño y la ternura que sentimos por alguien que no es ni nuestra madre, ni nuestro padre; ni nuestro hijo ni nuestra hija; ni nuestro hermano ni nuestra hermana; pero que sin embargo es todo eso y mucho más?
Porque eres todo eso y mucho más.
A ver…mírame.
Esos ojos… estoy viendo… ¿al tío Federo? ¡Claro! ¿A mi padre? ¡También! Al yayo Federo?¡ Incluso.!
Esa mirada…. ¿Quieres parpadear por favor? Hace mucho tiempo, es verdad… pero es la mirada de la yaya María, y de la tía Maruja…¡Seguro!
Y detrás de esos ojos y esa mirada azulada nos precipitamos de inmediato en el calmado y sosegado lago de nuestra niñez… que tú has compartido como nadie, aportando la templanza y el amor que sólo el sosiego de tu espíritu es capaz de dar… de darnos. Porque nuestra niñez la recordamos en calma, en paz.
Esas fotografías que has visto, y muchas más, ¡todas! que se han quedado en nuestras casas… tus casas… no son nada con las auténticas vivencias que cada uno de nosotros llevamos cosidas en los pliegues de nuestra alma.
Intuyo que todos compartimos la misma sensación. Rebuscando hasta en las más antiguas percepciones de nuestra memoria… allá en la Plaza de la Santa Cruz tercero puerta seis… papás, mamás, primos, primas, tíos y tías, vecinos, amigos… en cualquiera de las situaciones … La gripe de unos, el chichón de otros, las cenas de Nochebuena, la riada del 57, las bodas, bautizos y comuniones, el invierno y el verano, las fallas y falleras, San Jurjo y La Fe (con ingreso o de visita), los viajes a Lourdes, la Semana Santa del Grao, cuantos momentos…. Todos los momentos. Pero siempre , repito ¡siempre! … aparece la tía Carmen. Y aparece en paz, con tranquilidad, como un seguro para todos, a alguien a quien dirigir la mirada para convencernos de que todo está bien…
Siempre es fácil, a toro pasado, pensar en lo que deberíamos o no deberíamos haber hecho. Es más, ese error, aún sin querer, lo seguimos cometiendo todos los días. Pero en tu caso, tía, ten por seguro que no nos lo hemos planteado nunca. No creo que haya habido día alguno en que te haya faltado un beso de alguien de nosotros, ni un buenos días ni un buenas noches. Cada uno de nosotros hemos tenido la conciencia de que la tía Carmen estaba arropada, cuidada, mimada, querida. Una caricia de Mireia ha sido la caricia de todos, una llamada telefónica de Óscar ha sido la llamada de el resto de los sobrinos… Y, te lo puedo asegurar, porque te queremos. Así de simple. Así de sencillo.
Será una barbaridad lo que voy a decir pero para mí siempre has sido el condimento nunca picante ni estridente que ha atado todas las salsas de nuestra convivencia.
Pero siendo eso, el pasado, importante, no se puede comparar en absoluto con el presente, con hoy mismo, con el ahora…
Míranos a todos, despacio, uno por uno….
¿Qué ves?
Yo te lo diré: Ves amor. Ves cariño. Ves ternura. Ves agradecimiento. Ves ¡alegría! Sobre todo ¡Mucha alegría!
Y es ahora ,en este momento, cuando tienes la oportunidad de mirar desde una gran perspectiva, cuando esos trozos de ese cariño, ternura y amor, están a tu alrededor y sabes que que no saben como decirte lo que te quieren, también ves en ellos a tus padres, a tus hermanos, y seguro que los estarás recordando con la misma alegría con que nos ves a nosotros porque ellos también somos nosotros.
¿Sabes una cosa? ¿Te la digo?
No tienes nada de suerte. ¿Y sabes porqué? Porque la suerte es algo aleatorio que se encuentra uno sin pedirlo.
Pero tú no tienes suerte. Tú tienes mucho más que suerte, porque lo que tienes no se puede medir ni pesar, anida en tu corazón y no se puede ni comprar ni vender. Sólo se puede dar y recibir. Y eso sí; tú lo has dado en cantidades eneormes( y los sigues dando) y lo has recibido (y lo sigues recibiendo) en la misma proporción.
Insisto, no me gustaría parecer un cursi pero te voy a decir una palabra en nombre de todos y que contiene todos los sentimientos que seguro no he logrado transmitir con esta perorata:
¡Gracias tía! ¡Muchas gracias por tu cariño!
J. M. CORACHÁN

Cocinas vacías




Han pasado ya dos años desde que se marchó, pero me basta con cerrar los ojos para contemplar su imagen, nítida y real como entonces. Lo recuerdo tan vívidamente en la soledad de las noches que cuando despierto creo que lo encontraré en la cocina tomando su desayuno. Pero cuando llego, veo la mesa vacía en la penumbra de una habitación apagada, en la tímida actitud de otro amanecer que araña la ventana. Tampoco huele a café, ni a tostadas, ni a suelo recién fregado. Únicamente yo y la cocina desnuda.
A lo lejos alguien piensa en mi cocina vacía y yo pienso también en la suya, en la de muchos otros, e imagino también habitaciones felices con olor a café, tostadas, zumo, galletas... Como en los anuncios. Madres que preparan el desayuno a sus hijos mientras la luz acaricia el mármol del banco, y maridos sonrientes recién levantados que interrumpen la escena abrochándose la corbata. Como en los anuncios.
Pero yo no me levanto maquillada y risueña como esa madre del spot, tampoco nadie me espera para darme los buenos días; y yo, yo tampoco espero a nadie a quien sonreír, a quien preparar café. Porque el rostro que habita en mis ojos cerrados me sonríe a mí pero no quiere sonrisas, ni lágrimas, ni café. Sólo me mira y me recuerda lo que él me enseño antes de irse, cuando yo aún no lo comprendía.
Ahora que ya escucho lo que él me quiso decir es demasiado tarde para contárselo. Por eso, cuando me miro en el espejo y veo su figura encerrada en los ojos del espejo, únicamente le doy las gracias, bajito, para que me escuche él y no su reflejo. Puede que no me oiga, ya lo sé, pero lo importante no es que él me escuche sino que yo sepa que se lo quise decir, que se lo dije.
-Schhhh... Gracias.
Ahora ya no desayuno en casa pero guardo en la memoria amaneceres sin penumbras que invadían rápidamente cocinas compartidas, armarios llenos de ropa y risa, noches de luna sonrojada, televisores vacíos vigilados por sofás llenos...
Hay una caja repleta de recuerdos, es cierto, pero no son recuerdos tristes ni añorados desde la desazón o la nostalgia. Son retazos del pasado mirados con otros ojos, los nuevos, los que él me regaló antes de irse. Los que le agradecí.
Hay un armario abandonado, una cocina que espera, si, y también habitaciones quejumbrosas que lloran de noche porque no son las mismas. Tampoco yo lo soy. Y quizá ellas estén tristes pero ya no logran contagiarme.
Hay una persona nueva acotando los espacios vacíos. Se levanta risueña, hace café y desayuna en mi cocina ahora feliz. Esa persona tiene también unos ojos carceleros que capturan anhelos, pero también esperanza; y se mira en el espejo y ve sus ojos, expectantes; y agradece al pasado un regalo incomprendido.
Porque esa persona soy yo, la nueva, la que se levantó para vivir un anuncio de galletas y sólo halló vientos de soledad golpeando las ventanas; la que supo llenar de sentido el hueco que quedó cuando aquella noche ella regresó, sigilosa, y convirtió aquello cuanto tocaba en cenizas, en pasado.
Ella se lo llevó de aquí pero no lo encontrará en mis ojos.